LEMA DE LA CONGREGACIÓN Y EL COLEGIO

LEMA DE LA CONGREGACIÓN Y EL COLEGIO

2do. CONCURSO INTERCOLEGIAL DE AFICHES, "Divertite sin Alcohol"

Buenos Aires, Octubre de 2012




Estimadas familias:



"Divertite sin Alcohol" es una ONG que tiene como objetivo crear un mundo, para el adolescente, lleno de diversión, de buenos momentos, de amigos, de romance, de sana competencia, de éxito, demostrándole, con ejemplos concretos, que es posible transitar por esa etapa de sus vidas con equilibrio y sin la necesidad de consumir alcohol.



Con este objetivo, organizó el 2do. CONCURSO INTERCOLEGIAL DE AFICHES, "Divertite sin Alcohol", para todos los colegios privados y estatales de Capital Federal y la Prov. de Buenos Aires, contando con el auspicio del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Bs. As. y el Club de Leones.



Este año participaron numerosos establecimientos y cientos de trabajos, que fueron previamente seleccionados y luego subidos a la página del Concurso, para que el público pudiera apreciarlos y votar por ellos. Los diez trabajos más votados, pasaban directamente a la final del concurso.



El Colegio San José de Bs. As., participó con siete afiches (realizados por alumnos/as de 4º año "B" y 5º año "B", Bachillerato con orientación en Ciencias de la Comunicación), de los cuales cinco fueron FINALISTAS, cuatro por voto del público y uno por el voto del jurado de preselección.



El Jurado, estaba conformado por los siguientes artistas plásticos: Marino Santa María, Beatriz Finocchietti, Lic. Isabel Marellano, Mtro. Norberto Pagano y Ana Quincoces, quienes tuvieron que decidir los premios entre los 30 trabajos finalistas.



En el Acto de Premiación, realizado en el Centro Cultural Recoleta el pasado martes 16 de octubre, se dieron a conocer los premios, ocasión que contó con la presencia de la Vicejefa de Gobierno, Lic. María Eugenia Vidal, Autoridades del Club de Leones, y de la ONG organizadora.


Nuestro Colegio resultó la Institución más premiada, obteniendo los siguientes galardones:



PRIMER PREMIO:

Título de la Obra: “Liberate”

Autores: Ornella Migliori – Melisa Marano (ambas de 4º año "B")






TERCER PREMIO:

Título de la Obra: “Mirar la Vida”

Autores: Josefina Chacón – Consuelo Bazán (ambas de 4º año "B")







QUINTA MENCIÓN DE HONOR:

Título de la Obra: “Diversión sin Alcohol”

Autores: Federico Ibarra – Matías Giaccio Procak (ambos de 5º año "B")








MENCIÓN:

Título de la Obra: “Que no te gane”

Autores: María Paz Castetbon – Noelia Deluca (ambas de 4º año "B")


 



MENCIÓN:

Título de la Obra: “Rechazalo”

Autores: Francisco Parisi – María José España (ambos de 5º año "B")












Los trabajos premiados serán expuestos en el Congreso de la Nación los días 16 y 17 de noviembre.

Felicitamos a todos los galardonados, y, muy especialmente, nuestro agradecimiento y reconocimiento, a su docente, Prof. Juan Martinovich.

EQUIPO DE CONDUCCION INSTITUCIONAL


ENCUENTRO DE EVALUACIÓN Y ORGANIZACION INSTITUCIONAL


Buenos Aires, octubre de 2012
Estimadas familias de la Sección Secundaria:
        
En el marco de las disposiciones emanadas del Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la D.G.E.G.P., el próximo miércoles 24 del cte., se realizará, en nuestro Colegio,  un Encuentro de Evaluación y Organización Institucional, con suspensión de clases SOLO PARA LA SECCION SECUNDARIA.
Se llevarán a cabo jornadas de capacitación con los docentes de la Sección, desarrollándose temas considerados de suma importancia para el logro de la transformación educativa.
Por tal motivo, en nuestro establecimiento, no se dictarán clases en la Sección Secundaria ni en el  turno mañana ni en el  turno tarde.
Tampoco se brindarán servicios extraprogramáticos (Ej.: Cursos VIP y Escuelas Deportivas).

NOTA IMPORTANTE: los Niveles Inicial y Primario, ese día, tendrán clases normalmente, en todos los turnos, brindando todos los servicios extraprogramáticos (Ej.: escuelas deportivas, Taller de Capoeira, Taller de Prolongación horaria).

                   Sin otro particular, los saludamos cordialmente,
                                 EQUIPO DE CONDUCCION INSTITUCIONAL

VISITA GUIADA AL OBSERVATORIO

EXPLICACIÓN DEL LOGO DEL AÑO DE LA FE 2012-2013

AÑO DE LA FE 2012-2013


 1. ¿Qué es el año de la fe?
El Año de la Fe “es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor,
único Salvador del mundo” (Porta Fidei, 6).

2. ¿Cuándo inicia y termina?
Inicia el 11 de octubre de 2012 y terminará el 24 de noviembre de 2013.

3. ¿Por qué esas fechas?
El 11 de octubre coinciden dos aniversarios: el 50 aniversario de la apertura del Concilio
Vaticano II y el 20 aniversario de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica. La clausura, el 24 de noviembre, será la solemnidad de Cristo Rey

4. ¿Por qué el Papa ha convocado este año?
“Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario,
ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados
por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una
profunda crisis de fe que afecta a muchas personas”. Por eso, el Papa invita a una
“auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo”. El objetivo
principal de este año es que cada cristiano “pueda redescubrir el camino de la fe para
poner a la luz siempre con mayor claridad la alegría y el renovado entusiasmo del
encuentro con Cristo”.

5. ¿Qué medios ha señalado el Santo Padre?
Como expuso en el Motu Proprio “Porta Fidei”: Intensificar la celebración de la fe en la
liturgia, especialmente en la Eucaristía; dar testimonio de la propia fe; y redescubrir los
contenidos de la propia fe, expuestos principalmente en el Catecismo.

6. ¿Dónde tendrá lugar?
Como dijo Benedicto XVI, el alcance será universal. “Tendremos la oportunidad de
confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo;
en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la
exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre. En
este Año, las comunidades religiosas, así como las parroquiales, y todas las realidades
eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la manera de profesar públicamente el
Credo”.

7. ¿Dónde encontrar indicaciones más precisas?
En una nota publicada por la Congregación para la doctrina de la fe. Ahí se propone, por
ejemplo:
􀁸 - Alentar las peregrinaciones de los fieles a la Sede de Pedro;
􀁸 - Organizar peregrinaciones, celebraciones y reuniones en los principales Santuarios.
􀁸 - Realizar simposios, congresos y reuniones que favorezcan el conocimiento de los
contenidos de la doctrina de la Iglesia Católica, y mantengan abierto el diálogo entre fe
y razón.
􀁸 - Leer o releer los principales documentos del Concilio Vaticano II.
􀁸 - Acoger con mayor atención las homilías, catequesis, discursos y otras intervenciones
del Santo Padre.
􀁸 - Promover trasmisiones televisivas o radiofónicas, películas y publicaciones, incluso a
nivel popular, accesibles a un público amplio, sobre el tema de la fe.
􀁸 - Dar a conocer los santos de cada territorio, auténticos testigos de fe.
􀁸 - Fomentar el aprecio por el patrimonio artístico religioso.
􀁸 - Preparar y divulgar material de carácter apologético para ayudar a los fieles a resolver
sus dudas.
􀁸 - Eventos catequéticos para jóvenes que transmitan la belleza de la fe.
􀁸 - Acercarse con mayor fe y frecuencia al sacramento de la Penitencia.
􀁸 - Usar en los colegios el compendio del Catecismo de la Iglesia Católica.
􀁸 - Organizar grupos de lectura del Catecismo y promover su difusión y conocimiento.



2.-¿POR QUÉ UNA AÑO DE LA FE?

El derecho de Dios
¿Por qué un Año de la fe? La pregunta no es retórica y merece una respuesta, sobre todo
de cara a la gran espera que se está registrando en la Iglesia para tal evento.
Benedicto XVI dio un primer motivo cuando anunció la convocación: «La misión de la
Iglesia, como la de Cristo, es esencialmente hablar de Dios, hacer memoria de su
soberanía, recodar a todos, especialmente a los cristianos que han perdido su propia
identidad, el derecho de aquello que le pertenece, es decir, nuestra vida. Precisamente
para dar un renovado impulso a la misión de toda la Iglesia de conducir a los hombres
fuera del desierto en el que a menudo se encuentran hacia el lugar de la vida, la
amistad con Cristo que nos da la vida en plenitud».
Esta es la intención principal. No hacer caer en el olvido el hecho que caracteriza
nuestra vida: creer. Salir del desierto que lleva consigo el mutismo de quien no tiene
nada que decir, para restituir la alegría de la fe y comunicarla de manera renovada.
Por tanto, este año se extiende en primer lugar a toda la Iglesia para que, de cara a la
dramática crisis de fe que afecta a muchos cristianos, sea capaz de mostrar una vez más
y con renovado entusiasmo el verdadero rostro de Cristo que llama a su seguimiento.
Es un año para todos nosotros, para que en el camino perenne de fe sintamos la
necesidad de reforzar el paso, que a veces se hace lento y cansado, y hacer que el
testimonio sea más incisivo. No pueden sentirse excluidos cuantos tienen conciencia de
su propia debilidad, que a menudo toma las formas de la indiferencia y del agnosticismo,
para encontrar de nuevo el sentido perdido y para comprender el valor de pertenecer a
una comunidad, verdadero antídoto a la esterilidad del individualismo de nuestros días.
De todas maneras, en «Porta fidei» Benedicto XVI escribió que esta «puerta de la fe está
siempre abierta». Lo que significa que ninguno puede sentirse excluido del ser
provocado positivamente sobre el sentido de la vida y sobre las grandes cuestiones que
golpean sobre todo en nuestros días por la persistencia de una crisis compleja que
aumenta los interrogantes y eclipsa la esperanza. Hacerse la pregunta sobre la fe no
equivale a alejarse del mundo; más bien, hace tomar conciencia de la responsabilidad
que se tiene hacia la humanidad en esta circunstancia histórica.
Un año durante el cual la oración y la reflexión podrán conjugarse más fácilmente con la
inteligencia de la fe de la que cada uno debe sentir la urgencia y la necesidad. De
hecho, no puede ocurrir que los creyentes sobresalgan en los diversos ámbitos de la
ciencia, para hacer más profesional su compromiso laboral, y encontrarse con un débil e
insuficiente conocimiento de los contenidos de la fe. Un desequilibrio imperdonable que
no permite crecer en la identidad personal y que impide saber dar razón de la elección
realizada.
+ Rino Cardenal Fisichella
16 de mayo de 2012


3.-PORTA FIDEI
ARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO PORTA FIDEI
DEL SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XVI CON LA QUE SE CONVOCA EL AÑO
DE LA FE
1. «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y
permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese
umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia
que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la
vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con
el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la
resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su
misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre,
Hijo y Espíritu Santo– equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el
Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación;
Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu
Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del
Señor.
2. Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia
de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría
y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. En la homilía de la santa Misa de
inicio del Pontificado decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como
Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos
al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida,
y la vida en plenitud»[1]. Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan
mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo
tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De
hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es
negado[2]. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario,
ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados
por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una
profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.
3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-
16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad
de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua
viva que mana de su fuente (cf. Jn4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de
alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la
vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto,
la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el
alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn6, 27). La
pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros:
«¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la
respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,
29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a
la salvación.
4. A la luz de todo esto, he decidido convocar un Año de la fe. Comenzará el 11 de
octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y
terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013.
En la fecha del 11 de octubre de 2012, se celebrarán también los veinte años de la
publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por mi Predecesor, el beato
Papa Juan Pablo II,[3]con la intención de ilustrar a todos los fieles la fuerza y belleza de
la fe. Este documento, auténtico fruto del Concilio Vaticano II, fue querido por el Sínodo
Extraordinario de los Obispos de 1985 como instrumento al servicio de la catequesis[4],
realizándose mediante la colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica. Y
precisamente he convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en el mes de
octubre de 2012, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe
cristiana. Será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo
de especial reflexión y redescubrimiento de la fe. No es la primera vez que la Iglesia
está llamada a celebrar un Año de la fe. Mi venerado Predecesor, el Siervo de Dios Pablo
VI, proclamó uno parecido en 1967, para conmemorar el martirio de los apóstoles Pedro
y Pablo en el décimo noveno centenario de su supremo testimonio. Lo concibió como un
momento solemne para que en toda la Iglesia se diese «una auténtica y sincera profesión
de la misma fe»; además, quiso que ésta fuera confirmada de manera «individual y
colectiva, libre y consciente, interior y exterior, humilde y franca»[5]. Pensaba que de
esa manera toda la Iglesia podría adquirir una «exacta conciencia de su fe, para
reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla»[6]. Las grandes
transformaciones que tuvieron lugar en aquel Año, hicieron que la necesidad de dicha
celebración fuera todavía más evidente. Ésta concluyó con la Profesión de fe del Pueblo
de Dios[7], para testimoniar cómo los contenidos esenciales que desde siglos constituyen
el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos
y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en
condiciones históricas distintas a las del pasado.
5. En ciertos aspectos, mi Venerado Predecesor vio ese Año como una «consecuencia y
exigencia postconciliar»[8], consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo
con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación. He pensado
que iniciar el Año de la fe coincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio
Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en
herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no
pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean
conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de
la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio
como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio
se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que
comienza»[9]. Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del
Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y
acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más
una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia»[10].
6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida
de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados
efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó.
Precisamente el Concilio, en la Constitución dogmática Lumen gentium, afirmaba:
«Mientras que Cristo, “santo, inocente, sin mancha” (Hb 7, 26), no conoció el pecado
(cf. 2 Co 5, 21), sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17),
la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada
de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación. La Iglesia continúa su
peregrinación “en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios”,
anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26). Se siente
fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor
todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el
mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que
al final se manifieste a plena luz»[11].
En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada
conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y
resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la
conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol
Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida: «Por el bautismo fuimos sepultados
con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la
gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). Gracias a
la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la
resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la
mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en
un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La «fe que actúa por
el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que
cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2;Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17).
7. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros
corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del
mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con
su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo,
convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre
nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en
favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a
encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes
saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La
fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se
comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el
corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el
corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su
Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen
creyendo»[12]. El santo Obispo de Hipona tenía buenos motivos para expresarse de esta
manera. Como sabemos, su vida fue una búsqueda continua de la belleza de la fe hasta
que su corazón encontró descanso en Dios.[13]Sus numerosos escritos, en los que explica
la importancia de creer y la verdad de la fe, permanecen aún hoy como un patrimonio
de riqueza sin igual, consintiendo todavía a tantas personas que buscan a Dios encontrar
el sendero justo para acceder a la «puerta de la fe».
Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la
certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos
de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en
Dios.
8. En esta feliz conmemoración, deseo invitar a los hermanos Obispos de todo el Orbe a
que se unan al Sucesor de Pedro en el tiempo de gracia espiritual que el Señor nos
ofrece para rememorar el don precioso de la fe. Queremos celebrar este Año de manera
digna y fecunda. Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los
creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre
todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo.
Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras
catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para
que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las
generaciones futuras la fe de siempre. En este Año, las comunidades religiosas, así como
las parroquiales, y todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la
manera de profesar públicamente el Credo.
9. Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con
plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión
propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en
la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la
fuente de donde mana toda su fuerza»[14]. Al mismo tiempo, esperamos que
el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los
contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada[15], y reflexionar sobre el
mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer
propio, sobre todo en este Año.
No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de
memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso
asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo
significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice:
«El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis
recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la
fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […]
Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y
repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y
que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís
corporalmente, vigiléis con el corazón»[16].
10. En este sentido, quisiera esbozar un camino que sea útil para comprender de manera
más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto
con el que decidimos de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto,
existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que
prestamos nuestro asentimiento. El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta
realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10,
10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y
acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.
A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente. Cuenta san Lucas que Pablo,
mientras se encontraba en Filipos, fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas
mujeres; entre estas estaba Lidia y el «Señor le abrió el corazón para que aceptara lo
que decía Pablo» (Hch 16, 14). El sentido que encierra la expresión es importante. San
Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente
si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que
permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado
es la Palabra de Dios.
Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso
público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es
decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a
comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la
libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día
de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del
anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para
la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso.
La misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario. En efecto,
el primer sujeto de la fe es la Iglesia. En la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe
el bautismo, signo eficaz de la entrada en el pueblo de los creyentes para alcanzar la
salvación. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «“Creo”: Es la fe de la Iglesia
profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo.
“Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más
generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. “Creo”, es también la Iglesia,
nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: “creo”,
“creemos”»[17].
Como se puede ver, el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el
propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la
voluntad a lo que propone la Iglesia. El conocimiento de la fe introduce en la totalidad
del misterio salvífico revelado por Dios. El asentimiento que se presta implica por tanto
que, cuando se cree, se acepta libremente todo el misterio de la fe, ya que quien
garantiza su verdad es Dios mismo que se revela y da a conocer su misterio de amor[18].
Por otra parte, no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural,
aun no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y
la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico
«preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio
de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que
vale y permanece siempre»[19]. Esta exigencia constituye una invitación permanente,
inscrita indeleblemente en el corazón humano, a ponerse en camino para encontrar a
Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido[20]. La fe nos invita y nos abre
totalmente a este encuentro.
11. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden
encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es
uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II. En la Constitución
apostólica Fidei depositum, firmada precisamente al cumplirse el trigésimo aniversario
de la apertura del Concilio Vaticano II, el beato Juan Pablo II escribía: «Este Catecismo
es una contribución importantísima a la obra de renovación de la vida eclesial... Lo
declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y
legítimo al servicio de la comunión eclesial»[21].
Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso
unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados
sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica. En efecto, en él se
pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y
ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la
Iglesia, de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece
una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la
fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe.
En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la
fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se
descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una
Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la
vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de
su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues
carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la
enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone
en relación con la fe, la liturgia y la oración.
12. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero
instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación
de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural. Para ello, he invitado a la
Congregación para la Doctrina de la Fe a que, de acuerdo con los Dicasterios
competentes de la Santa Sede, redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los
creyentes algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más eficaz y
apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.
En efecto, la fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que
provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las
certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha
tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber
conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad[22].
13. A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que
contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras
lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han
ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de
su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión,
con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.
Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa
nuestra fe» (Hb12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del
corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor,
la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la
muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse
hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el
poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan
plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra
historia de salvación.
Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre
de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su
canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se
encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo,
manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a
Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma
fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn19, 25-
27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los
recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en
el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).
Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28). Creyeron en
las palabras con las que anunciaba el Reino de Dios, que está presente y se realiza en su
persona (cf.Lc 11, 20). Vivieron en comunión de vida con Jesús, que los instruía con sus
enseñanzas, dejándoles una nueva regla de vida por la que serían reconocidos como sus
discípulos después de su muerte (cf. Jn 13, 34-35). Por la fe, fueron por el mundo
entero, siguiendo el mandato de llevar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15) y, sin
temor alguno, anunciaron a todos la alegría de la resurrección, de la que fueron testigos
fieles.
Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza
de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos
sus bienes para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch 2, 42-47).
Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio,
que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el
perdón de sus perseguidores.
Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en
la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la
espera del Señor que no tarda en llegar. Por la fe, muchos cristianos han promovido
 acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido
a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-
19).
Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de
la vida (cf.Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al
Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia,
la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les
confiaban.
También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús,
presente en nuestras vidas y en la historia.
14. El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio
de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad,
estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más
fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: « ¿De qué le
sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo
esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y
alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario
para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta
por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin
las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).
La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente
a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una
permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con
amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender
y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo
de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del
Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más
pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40): estas palabras suyas son una advertencia
que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él
cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el
que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida.
Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo,
aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3,
13; cf. Ap 21, 1).
15. Llegados sus últimos días, el apóstol Pablo pidió al discípulo Timoteo que «buscara la
fe» (cf. 2 Tm 2, 22) con la misma constancia de cuando era niño (cf. 2 Tm 3, 15).
Escuchemos esta invitación como dirigida a cada uno de nosotros, para que nadie se
vuelva perezoso en la fe. Ella es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos
siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos
de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un
signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo. Lo que el mundo necesita
hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el
corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos
al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.
«Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de
la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos
la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero. Las
palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os
alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la
autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se

aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin
haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un
gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras
almas» (1 P1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el
sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son
probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar
su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el
misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf.Col 1, 24), son preludio
de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy
fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido
el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre
nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su
misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.
Confiemos a la Madre de Dios, proclamada «bienaventurada porque ha creído» (Lc 1,
45), este tiempo de gracia.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de octubre del año 2011, séptimo de mi
Pontificado.
BENEDICTO XVI
[1] Homilía en la Misa de inicio de Pontificado (24 abril 2005): AAS 97 (2005), 710.
[2] Cf. Benedicto XVI, Homilía en la Misa en Terreiro do Paço, Lisboa (11 mayo 2010),
enL’Osservatore Romano ed. en Leng. española (16 mayo 2010), pág. 8-9.
[3] Cf. Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992): AAS 86 (1994), 113-118.
[4] Cf. Relación final del Sínodo Extraordinario de los Obispos (7 diciembre 1985), II, B, a, 4,
en L’Osservatore Romano ed. en Leng. española (22 diciembre 1985), pag. 12.
[5] Pablo VI, Exhort. ap. Petrum et Paulum Apostolos, en el XIX centenario del martirio de los
santos apóstoles Pedro y Pablo (22 febrero 1967): AAS 59 (1967), 196.
[6] Ibíd., 198.
[7] Pablo VI, Solemne profesión de fe, Homilía para la concelebración en el XIX centenario del
martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo, en la conclusión del “Año de la fe” (30 junio
1968):AAS 60 (1968), 433-445.
[8] Id., Audiencia General (14 junio 1967): Insegnamenti V (1967), 801.
[9] Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 57: AAS 93 (2001), 308.
[10] Discurso a la Curia Romana (22 diciembre 2005): AAS 98 (2006), 52.
[11] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 8.
[12] De utilitate credendi, 1, 2.
[13] Cf. Agustín de Hipona, Confesiones, I, 1.
[14] Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 10.
[15] Cf. Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992): AAS 86 (1994), 116.
[16] Sermo215, 1.
[17] Catecismo de la Iglesia Católica, 167.
[18] Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius, sobre la fe católica, cap. III: DS 3008-3009;
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 5.
[19] Discurso en el Collège des Bernardins, París (12 septiembre 2008): AAS 100 (2008), 722.
[20] Cf. Agustín de Hipona, Confesiones, XIII, 1.
[21] Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992):AAS 86 (1994), 115 y 117.
[22] Cf. Id., Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998) 34.106: AAS 91 (1999), 31-32. 86-87.
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SAN JOSE

SAN JOSE
Ruega por nosotros en el año del bicentenario de la Revolución de Mayo. 1810-2010